jueves, 2 de febrero de 2012

Ya no sé qué hacer.


Miren en qué estado me pone el paseante, cada vez que pienso en él acabo así, enseñando el culo al aire por ver si llega el paseante como por arte de magia y se me monta encima.
Cada día que paso sin verle estoy más caliente y hasta el vibrador se ha declarado en huelga, ya no soporta mis requiebros de amor a el paseante y desairado se ha declarado en huelga de vibraciones.
No hay consolador que me consuele, no existe, no hay tamaño que me satisfaga ya, sólo vibro en el recuerdo de el paseante, en su añoranza, de pensar en su blanca piel, en sus dulces ojos, en sus delicadas manos, en sus good manners como él dice tan fino, en su elegancia, en su porte, su distinción, su saber estar.
En todo le echo de menos y él seguro que no se ha vuelto a acordar de mí.
A cuatro patas todo el día estoy esperándole como si fuera una yegua, y más que una yegua parezco una perra en celo que quisiera a todas horas ser montada.
Si el paseante me viera así me repudiaría, lo sé, pero no puedo evitarlo, él y sólo él despierta mis más bajas pasiones.
No sé qué hacer ya para apagar esta calentura que parece que un hechizo me hubieran hecho, un amarre o algo de eso que anuncian en las tiendas esotéricas.
Pero me pregunto quién me hizo el amarre, ¿el mismo paseante?, ¿estará secretamente enamorado de mí?, ¿por qué motivo no se atreve a decírmelo?
Todas estas preguntas sin respuesta me hacen tener todavía esperanzas, tal vez él también me quiera y me desee, porque yo no concibo ya más hombre que él, sólo en él puedo satisfacer mi deseo, sólo él, él o nada.
Y así estoy, en la nada, en el vacío, poniéndole el culo al aire como si el paseante, travestido de fantasma, fuera a echarme algún día un polvo, y entretanto recurriendo al consolador y al vibrador que ni vibra ya.
Triste destino amar sin ser amado.

La señora de la limpieza

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